La inocencia de la sangre (cuento )


Escrito por: Angeily Díaz Arroniz
Fecha: septiembre de 2010



El reloj tocó las 11:30 de la noche. En la casa de los Strega reinaba la paz y la quietud que solo el sueño prolongado otorga después de un arduo día de trabajo. Pero no es hora de hablarles de esta intrigante familia y su peculiar casa. No. Es hora de hablar de sus vecinos los Dämon, en especial de sus queridos niños Clau y Chris.
Eran dos niños melindrosos, altaneros, osados y caprichosos.
Clau era una niña de no más de 6 años, sus lacios cabellos tan finos, largos y achocolatados sus ojitos tan azules que eran como los de una muñeca; de esas que sus ojitos son de vidrio con una mirada angelical y penetrante, sin dejar de ser bella; sus labiecitos rojos por tan fuerte que los apretaba entre sí. Tenía la carilla regordeta, propia de su edad, con las mejillas sonrosadas que parecían listas para besar. No era más grande de metro y medio, lo cual la hacía ver más angelical cuando se ponía sus acostumbrados shorts de estampados con holanes en los bordes y sus blusitas que daban la apariencia de pequeños vestiditos domingueros.
Chris era el hermano mayor de Clau, tenía 8 años con apariencia taciturna, el cabello color avellana y ondulado, media más de un metro y medio, sus ojos eran idénticos a los de Clau, solo que los de él te ocultaban algo… que lo hacía tan adorable. Usaba unos pantaloncillos como si fueran de mezclilla con una clásica camiseta estampada estilo polo. Tenía su carita alargada pero con sus mejillas rosaditas y regordetas ni se notaba a primera vista. Sus labiecitos eran delgados, pícaros y de color coral.
Ya en el día, tan común como cualquier otro. En la escuela para ellos era el estar apartados de los demás. Siempre serios, de mirada analítica, esa que a los demás niños les provoca pánico.
De regreso a su casa, Clau y Chris tomados de la mano, caminaban sin preocupaciones por el presente o el futuro. Cuando sin aviso, una pelota golpeó el rostro de Clau, dejándola en el suelo atónita por lo sucedido.


Chris solo se limito a voltear la vista hacia el agresor.
Era una pequeña niña de la edad de Clau, con sus rizos dorados en dos coletas y su sonrisa ancha y enorme virada al revés debido al incidente.
-Perdóname, perdóname, perdóname - repetía la pequeña un sinfín de veces.
Chris regresó la mirada hacia su hermana caída, que ahora sollozaba. Negó con la cabeza y la ayudó a levantarse.
Retomaron el paso, sin más ni más.
-Amiguita, perdóname- repetía la pequeña mientras los seguía de cerca.
Clau se volteó. Con la cara roja, el labio morado y mirada iracunda dijo:
-No puedo ser amiguita, ni mucho menos amiga de chiquilla tan hueca e ignorante como tú.
Retomó el paso.
Eso era demasiado. Pues a ellos nadie se les acercaba. Y quien lo hacía, sufría.
Llegaron a su casa, su “pequeño castillo” como ellos le llamaban.
-¡Mamá, papá!- gritaron los pequeños.
No había nadie como de costumbre. Subieron a cambiarse.
Clau tan hermosa se vistió de negro con sus zapatitos rojos carmesí y un listón de igual color en su cabello. Chris hizo lo mismo, se puso sus pantaloncillos negros y una camisetita como a él le gustan, con una enorme mancha roja que daba la apariencia de sangre (o al menos eso se cree).
Los pequeños fueron a la cocina, de donde tomaron dos copas y una botella con la mitad de tónico rojo.
Bebieron y bebieron hasta cesar su sed. Luego se dirigieron a desván.
Cualquiera desde fuera podía ver la luz titilar, a alguien clavar, serruchar y una persona más que gritaba. Todos los vecinos temían lo peor cuando estos dos niños se dirigían a ese lugar.
Después de unas cuantas horas y antes que llegaran sus padres bajaban con la misma botella llena y rebosante hasta el borde de estarse derramando por toda la alfombra de camino a la cocina.
¡Din-don! Alguien toca el timbre de forma alarmante.
Clau se lavaba la cara mientras Chris se dirigía a abrir.
-Hola, amiguito- era la misma pequeña, coletuda y ahora sonriendo -¿Vas a un funeral?
Chris torció el gesto y apáticamente contestó:
-¿Ahora me toca a mí el balonazo?
La pequeña entre risas contestó:
-No seas tonto, eso fue un accidente- decía mientras discrepaba con la mano -¿Está tu hermana?
-Dudo mucho que desee verte- contestó Chris -. Será mejor que te vayas…
-Vaya, vaya. ¿A quién tenemos aquí?- dijo Clau, apareciendo de improvisto detrás de Chris.
-Hermana- contestó Cris nerviosamente -la…pequeña estaba por irse, ¿no es así?- volteó a ver, asintiendo, a la pequeña que estaba en el umbral de la puerta.
-No es cierto. Qué mentiroso- contestó la pequeña -. He venido a que aceptes mis disculpas y no me iré de aquí hasta que sea así.
-No tienes nada que hacer, ¿cierto?- contestó Clau con mirada pensativa.
-¿Perdona?- contestó la niña sin saber qué.
-Me lo imaginaba.
-Bueno, ya va siendo hora que te vayas. Que ya es tarde- decía Chris apresuradamente mientras intentaba cerrar la puerta.
-Espera- dijo Clau mientras miraba a Chris -¿Todavía hay gomitas?
-Pero, Clau, esas no son gomitas son… ¡auch! – gritó Chris, pues antes que terminara la frase Clau le propinó tremendo pisotón.
-¿Gomitas? Me encantan las gomitas, yo quiero- se apresuró a decir la coletuda.
-Chris, ¿cómo puedes ser tan descortés y dejar afuera a nuestra visita?- dijo Clau en tono compasivo.
-¿Visita? Que yo sepa las visitas te avisan que van a llegar- replicó Chris
-¡Sh¡ qué descortés- dijo Clau callando a Chris –Ven querida, entra. Has de tener hambre.
-Sí, mucha.
-¿Chris, podrías traernos un poco de gomitas y pulpa de arándanos?- pidió Clau.
-¿Arándanos?- preguntó intrigado Chris.
-La botella que sacamos hoy- masculló Clau.
-Pero… ¿cuál?- preguntó Chris.
De repente vio como la mano de Clau se hacía puño y temeroso contestó:
-¡Ah…! Esa, ¿verdad?
Clau asintió. De inmediato Chris se dirigió a la cocina.
-Ven, querida, siéntate- le indicó Clau con el tono más amable que podía fingir.
Ambas, como buenas amigas, que no eran, se fueron a sentar en los sillones mullidos del recibidor.
-¿Clau? ¿Así te llamas?- preguntó la coletuda.
-Más o menos- contestó Clau -, bueno, así me dicen.
-¡Oh!- contestó sorprendida la pequeña –Yo me llamo Annia y tengo 6 años.
-¿Te gusta el arándano?- preguntó curiosa Clau mientras se acercaba más.
-No lo he probado
-Te va a encantar- a Clau le brillaban más los ojos que las farolas un parque.
Entra a la habitación Chris con una bandeja de plata y sobre ella un tazón cubierto con su tapa y la maravillosa botella de tónico rojo.
-Aquí tienen- dijo Chris –. Voy por las copas y los palillos para las “gomitas”. En seguida regreso.
Una vez que Chris salió de la habitación Annia se abalanzó sobre el tazón repitiendo una y otra vez:
-Gomitas, gomitas, gomitas.
Pero Clau la detuvo justo antes de que se dispusiera a destaparlo.
-Hay que esperar a Chris- proclamó Clau.
Vuelve a entrar Chris en la habitación.
-Traigo las copas y los palillos- dijo éste.
-Perfecto- juntó las manos Clau –. Ya podemos comenzar.
Descorcharon la botella y un aroma acalorado y ferroso inundó la habitación, se podían oler la canela, el tomillo, pero sobre todo a carne fresca; goteante y chorreante.
-¿Por qué huele así?- preguntó Annia.
-Es fresco- dijo Clau mientras servía un tanto de ese tónico en la copa -. Bebe, te encantará- dijo, extendiéndole la copa a Annia.
-Pues…- Annia dudó un instante con la copa en sus pequeñas manos -. Bueno- sonrió y bebió.
Bebió todo el contenido de la copa.
-Quiero más- dijo Annia, con la boca manchada en rojo carmesí
-¿Cómo poderme negar?- dijo Chris.
Le llenaron la copa.
-¿Quieres “gomitas”?- le ofreció Clau.
-Sí, por favor.
-Cierra los ojos- ordenó Chris.
Clau destapó el tazón, tomó una “gomita”, redonda y cubierta por una capa viscosa.
Los pequeños Chris y Clau reían mientras introducían a la boca de la dulce Annia aquella cosa que ellos llamaban gomita.
Annia recibió gustosamente la afamada gomita. La paladeó. Tenía nauseas. No podía soportar el sabor.
-No, no. Te la tienes que comer- repuso Clau.
-Lo mejor es el centro- dijo Chris -. Es jugoso y muy delicioso.
Annia no sabía qué hacer. Así que masticó.
Un líquido salió de la gomita, impregnando su paladar, su boca, sus encías, su lengua y los recovecos entre sus dientes. Lentamente, este líquido se fue deslizando a su garganta. Annia lo bebió, haciendo que entrara a un frenesí mezclado con repugnancia que en su cuerpo sentía. Annia no sabía de sí y quedó mirando al espacio vacío e incierto.
-¿Estará bien?- preguntó Chris un tanto temeroso de lo que le podría suceder a la pequeña.
-No es relevante en este momento- dijo Clau mientras daba otro sorbo a su copa -. ¿Qué hora es?
-Las 7 de la tarde.
-Tenemos que levantar todo antes de que lleguen- dijo Clau sin darle mucha importancia al asunto.
Chris asintió.
-Yo me llevaré la botella y tú te llevarás los o…gomitas- corrigió Clau al percatarse que Annia estaba reaccionando.
-Sí.
Clau y Chris se levantaron del sillón y pusieron todo en la bandeja.
-Quiero otra gomita- dijo Annia con voz poco nítida.
-Después- contestó Clau apuradamente mientras llevaba las cosas, junto con Chris, a la cocina.
Annia les fue siguiendo de cerca.
-Quiero otra gomita- ordenó Annia.
-Dale su chupón a la bebé y que deje de berrear- dijo Chris, mientras se disponía a lavar las copas.
Clau tomó una gomita. Annia la pudo apreciar mejor: era regordeta, blanca con rayitas diminutas de color rojo y cubierta por una especie de baba.
Annia se la arrebató de las manos a Clau, introduciéndola en su boca de manera desesperada.
-Es la última de hoy- le advirtió Clau.
-Sí- aceptó Annia.
-Ahora…vete, vete, vete, vete ¡ya!- dijo desesperadamente Clau mientras empujaba a Annia rumbo a la salida.
Annia balbuceó algo ininteligible debido a que aún tenía en la boca, la gomita.
-Sí, sí- contestó apresuradamente Clau – Hasta mañana. ¡Pero vete!- concluido esto. Cerró con un portazo.
Mientras Clau y Chris limpiaban todo, cual huracán al inverso. Nuestra pequeña Annia se dirigió a su casa, paladeando una y otra vez la gomita. Se sentó en la acera y comenzó a mascar, sumiéndose nuevamente en aquel inquietante sopor que le provocaba cosquillas hasta hacerla reír.

Una vez limpia todo lo sucio y manchado. Los niños bañados y cambiados de ropa. Chris y Clau se disponían a comer.
-¿Crees que lleguen a tiempo esta vez?- preguntó Clau mientras miraba el reloj y mecía sus piernitas de forma juguetona, como toda niña.
-Lo más seguro es que lleguen cuando estemos dormidos- dijo Chris, con una prolongada exhalación.
-¿Para qué sirve el trabajo sino para apartar cada vez más a los padres de los hijos debido a la ambición?
-Supuestamente para traer el pan a la mesa- repuso Chris -. Aunque yo prefiero las galletas- le dedicó una ancha sonrisa a Clau.
Clau volteó para sonreírle de forma fugaz. Suspiró y bajó la mirada hasta su plato con comida que sólo picaba una y otra vez con el tenedor.
-¿Debemos conservarla como víctima o dejarla ir despavorida?- preguntó Clau, mientras llevaba se llevaba a la boca el primer bocado de comida.
-¿Todavía queda de la otra?- preguntó Chris.
-Lo último que quedaba está en esa botella- señaló Clau la botella en el centro de la mesa.
-¿Y la de ayer?- preguntó sorprendido Chris.
-Como tú lo dijiste, la de ayer estaba llena hasta anoche.
-Como veo que no hay otra alternativa…- dijo Chris encogiéndose de hombros y extendiendo su sonrisa.
-Bien que quieres- sonrió Clau -. No te hagas el desentendido.
Los chiquillos rieron.
-¿Será mañana?- preguntó Clau con la sonrisa más amplia que un gato, mientras alzaba su copa.
-Será mañana- afirmó Chris alzando su copa con una sonrisa en el rostro igual de amplia que Clau.
Las risas resonaron por toda la casa.

A la tarde siguiente, la pequeña Annia regresó a la casa de los Dämon.
Se acercó a la puerta, intentando hacia adentro por la cerradura; huebiese sido más sencillo para cualquiera ver al otro lado si tuvieran los cerrojos antiguos, pero éste no era el caso. No vio nada. Tocó el timbre.
Por su lado, nuestros agraciados chiquillos estaban en el jardín, sepultando….algo.
-¿Escuchaste eso?- dijo Chris levantando la mirada y dando un palazo a una mano que quedó al descubierto.
-Sí, es el timbre- respondió Clau cubriendo apresuradamente la mano rota.
-Pongamos las flores encima- dijo Chris -. Bueno, por lo menos no se puede quejar.
-¿De qué?
-De que no va a tener flores en su sepulcro- dijo Chris soltando una risilla.
-Para Chris- dijo Clau con tono solemne -. Hay que decir unas palabras para el pobre diablo.
Soltaron las carcajadas.
¡Din-don, din-don!
-Maldito repiqueteo del timbre- dijo Clau cubriéndose los oídos.
-Hay que abrir- dijo Chris, levantándose del suelo -. Si no, puede llamar más la atención.
-¿Crees que dejar la tierra toda movida y con unos dedos de fuera no llamen más la atención que el timbre?- replicó Clau.
Chris le puso la mano en la cabeza a Clau, moviéndola frenéticamente.
-El timbre hace ruido- aclaró Chris -. Además, no creo que los dedos puedan ir muy lejos- dijo mientras se reía.
Caminaron el largo tramo hasta la puerta principal, con el sonido incesante del timbre en repiqueteando y taladrando sus tímpanos.
-¡¿QUÉ?!- gritaron ambos cuando abrieron la puerta.
-Hola- saludó Annia.
De repente la cara de disgusto que embargaba tanto el rostro de Chris, como el de Clau, se es esfumó por arte de magia. En cambio un nuevo semblante cubría el rostro de los pequeños como una máscara bien amoldada, un semblante un tanto lujurioso, como el de un gato cuando acaba de atrapar al ratón, ese semblante que indicaba que lo que estaba por ocurrir no era nada bueno.
-Ven, querida. Pasa- la invitó Clau.
-Hoy-dijo Chris –vamos a jugar.
-¡Nos vamos a divertir!- proclamaron los pequeños al unísono.
Rieron frenéticamente.
-Jugaremos a las escondidas-dijo Chris.
-Así que nosotros contamos y tú te escondes- dijo Clau.
-Pero no es justo- berreó Annia -. Me van a encontrar más rápido- puso cara de desaliento.
-Ni tanto, pequeña- dijo Chris como convenciéndola -. Por ahí nos dijeron que eres buena escondiéndote.
-¿Ah, sí?- dijo Annia con las manos en la cintura y la carilla ligeramente ladeada.
-Sí- dijo Clau –. Sería injusto que uno solamente te buscara, ¿no crees?- continuó Clau -. Porque así nunca te encontraríamos.
-…y podrías perderte y no sabríamos dónde estás- añadió Chris.
-Está bien- contestó alegremente Annia.
-Empecemos- dijo Clau.
Chris y Clau se cubrieron los ojos: Chris con las manos de Clau y Clau con las manos de Chris.
-¡1, 2, 3…!- comenzaron a contar los pequeños.
La pequeña Annia miró a diestra y siniestra sin saber a dónde ir, hasta que decidió subir las escaleras.
Chris y Clau escucharon los fuertes pasos de Annia al subir la escalera y cómo estos mismos se iban alejando hasta hacerse casi inaudibles.
Chris y Clau descubrieron sus ojitos azules que relampagueaban emoción.
Fueron a la cocina, sacaron todos los cuchillos que encontraron, agarraron una cuerda, sacaron dos copas, la deliciosa botella, y el tazón con tapa; colocando todo esto sobre la barra de la cocina.
Mientras Clau alistaba todo, Chris se dedicaba a llenar las copas con el tónico rojo.
-Es lo último que queda- dijo Chris mientras ponía en la barra, justo enfrente de Clau.
-Descuida- discrepó Clau-, para hoy habrá más rica y deliciosa sangre.
Clau tomó un sorbo de su copa.
Chris destapó el tazón.
-¿Gustas ojos?- le invitó Chris -. Oh, perdona. “Gomitas”- se corrigió mientras reía.
Rieron y chocaron sus copas.
-¿Listo?- dijo Clau con la boca manchada en sangre.
-¿Para nuestra pequeña cacería? Siempre- dijo Chris con una sonrisa curvando sus labios llenos de sangre.
Chris tomó un ojo del tazón, lo introdujo a su boca y comenzó a mascar. Clau hizo lo mismo.
-Vamos- dijo Chris.
Clau asintió.
Tomaron dos cuchillos, la cuerda y el delantal que estaba colgado en la entrada de la cocina. Subieron las escaleras con total tranquilidad. Y después de 5 minutos de búsqueda, cuando se disponían a entrar en la última habitación dijeron:
-Fi, fai, fo, fu. Huele a muerto y esa serás ¡tú!
Cerraron la puerta y lograron ver un bultito tremulante detrás de ella. Era Annia.
Le mostraron los cuchillos y la soga, con aire malévolamente sombrío.
-Detrás de todo fin, se abre el telón- dijo Clau.
-Así que ahora…- dijo Chris.
-¡EMPIEZA LA DIVERSIÓN!- gritaron los pequeños.
Annia soltó un grito desgarrador. Un grito, que le helaría la sangre a cualquiera; pero para nuestros pequeños diablillos, ese era una melodía exquisita que acompasaba sus instintos depredadores. Pues hay que recordar que Dämon en Alemán significa Demonio.


Así, queridos míos, nuestra historia concluye. Annia, de alguna forma siempre vivirá dentro de nuestros vanagloriados Chris y Clau… hasta que sus cuerpos desechen lo que quedó de ella.
-Recuerda, Chris, primero la vamos desangrando para después quitarle los ojos, pequeño cuervo- dijo Clau con una sonrisa de bruja en su rostro.
Chris le pasó una botella a Clau.
-Sabe más deliciosa que el anterior.
Los chiquillos rieron, una vez más….

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